El Flautista de Hamelín

Hace mucho tiempo, en la tranquila ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño, incontables ratas invadieron esta ciudad, y para colmo, iban devorando insaciablemente toda comida que encontraban en su camino.

Los aldeanos no podían comprender el porque de dicha invasión, y lo peor era, que no sabían que hacer para controlar esta temible plaga, porque ya habían intentado de todo: cazarlas, exterminarlas, y muchas más, pero el efecto era cada vez más contrario, por qué más y más ratas poblaban la ciudad.

Día a día, las Ratas seguían apareciendo, tantas eran, que las calles y los techos de las casas estaban ocupados por estas, incluso los Gatos, huían asustados al no poder lidiar con ellas; y ante lo grave de esta situación, los aldeanos convocaron una gran reunión. El consejero oficial de la ciudad dijo a viva voz:

"¡Oigan bien señores!, ¡en este momento anunciamos pagar cien monedas de oro a aquel que pueda liberarnos de estas ratas!"
"¡Yo lo haré señores!" - Dijo un hombre a lo lejano de los aldeanos, que tenia una flauta en sus manos. - "¡Yo puedo librarlos de aquellas las ratas con ayuda de mi flauta!."

La multitud y el Consejero entrañados por aquel misterioso tipo y su misteriosa oferta, no lo pensaron dos veces, y aceptaron.

Al poco rato, el Flautista empezó su trabajo, y caminó de aquí por allá alegremente tocando su flauta que emitía una maravillosa música, y que como arte de magia, ésta atraía a las Ratas de todas partes: de agujeros, casas, techo, baldes, alcantarillas y un sin fin más. Caminando y tocando, el Flautista continuaba sin parar, hasta que de pronto, tuvo tantas siguiéndolo que salió de la ciudad de Hamelín, hasta lo más lejano de la ciudad, tan lejos, que los aldeanos perdieron de vista al Flautista y a las ratas.

Los aldeanos de Hamelín viéndose por fin libres de las Ratas, se alegraron tanto, que de inmediato organizaron una gran fiesta con banquetes y bailes para celebrar su libertad sin estas. Su celebración, fue tan grande, que la fiesta duro hasta el día siguiente.

Al amanecer, el Flautista regresó a la ciudad, y presentándose ante el pueblo, reclamó alegremente la paga que le prometieron. Sin embargo, estos rieron, y el Consejero le dijo:

"Jajajajaja... ¡¿Creíste que te pagaríamos todo ese oro por sólo tocar una vieja flauta?! ¡No nos hagas reír y vete de nuestra bella ciudad, iluso!"

El Flautista muy molesto respondió:

"Mentirosos y desagradecidos. Los infantes de esta ciudad no merecen crecer cerca de gente avara y mentirosa como ustedes. Antes que sea demasiado tarde de ese destino los salvaré, y me los llevaré!."

"¿Planeas robarte nuestros niños?" - Dijo el Consejero de la ciudad riendo - "¡No nos hagas reír!, ¡y vete de una vez!"

Y siguiendo entre risas y burlas, los aldeanos le dieron la espalda al Flautista.

El Flautista muy decidido, se alejó hacia la entrada de la ciudad, empezó a tocar una fuerte dulce melodía insistentemente. A los pocos segundos, los que se acercaban a él eran nada más y nada menos que los niños de Hamelín, que dejaban todo aquello que hacían, para bailar y saltar mientras oían aquella fascinante melodía. Cogidos de las manos y muy sonrientes, los niños formaban una gran cadena sorda a gritos de sus padres que en vano, con sollozos y desesperación, intentaban detenerlos. En cuestión de minutos, el Flautista reunió y se llevó a todos los niños muy lejos de la ciudad. Tanto, que nadie supo adónde fueron a dar al igual que los ratones, y jamás se volvieron a saber de ellos. Muchos rumoreaban, que los niños fueron llevados a un lugar mejor, sin mentiras y maldad.

En la ciudad de Hamelín, sólo quedaron lo adultos arrepentidos, con sus grandes y repletos graneros, y su abundante oro que a la vez, eran protegidos por sólidas murallas, un inmenso manto de silencio y de una gran tristeza por falta de niños. Con el tiempo, Hamelín quedó desierta y vacía, y nunca más volvió a tener Ratas, y ni un solo Niño.



FIN